Si sobreviviste, es que te adaptaste

Por Carmina Sánchez / Marcelo Lasagna

La crisis avanza y sus rigores precipitan a las organizaciones con duras exigencias hacia una ruptura de su dinámica inercial. Hacer lo mismo ya no vale, hay que explorar para generar puntos de inflexión. Una tarea hercúlea, ya que hay una suerte de acomodo en una estabilidad ilusoria. Se sabe, lo sabemos, pero cambiar casi siempre duele. A algunas organizaciones les va mejor mantenerse en lo que saben hacer, emprendiendo algunas “bifurcaciones”, pero en la dinámica del más de lo mismo. Salirse de la rutina gravitacional, espanta. El clásico dilema entre conservación y cambio. Como especie estamos equipados tanto para cambiar como para conservar, aunque la tendencia es a la conservación. La crisis, sin embargo, está centrifugando el sustrato de la comodidad, ese permafrost en el que se conservan los patrones del pasado, comienza a derretirse. Este cambio de estado supone una ocasión única para capturar el momentum. Cambiar para adaptarse y constituir un estadio mejorado se basa en atrapar oportunidades con agilidad.

Las organizaciones están recurriendo a su batería de respuestas para acomodarse lo mejor posible al escenario de la crisis y de la postcrisis. La primera urgencia es sobrevivir. Las organizaciones buscan tenazmente la continuidad del negocio en las mejores condiciones posibles, con ayudas gubernamentales o con otras soluciones de urgencia. Quien no lo consiga será desplazado de su nicho. Ante el desafío de la postcrisis el imperativo es reinventarse. Esto es una cuestión de grado: entre poco y mucho, dependerá de cada organización y de la situación en su ecosistema. Ambos desafíos (sobrevivir y reinventarse) suponen una alta plasticidad organizacional. O, dicho de otro modo, una capacidad adaptativa que permita una importante modulación con el entorno. El factor adaptativo es el que marcará la diferencia entre las organizaciones que mejor surfeen la ola de la crisis y las que no logren hacerlo, más allá del acceso a recursos contingentes que puedan recibir.

Las cinco A de la Adaptación

Para conseguir la reinvención y/o el reajuste, las organizaciones deben hacer una apuesta: ganar capacidad de adaptación transformando las perturbaciones del entorno en oportunidades, en puntos de mejora. Esta aptitud sistémica se define con los siguientes atributos:

Anticipación. Una organización sensible al entorno tiene una mayor capacidad de respuesta ante la incertidumbre originada en él. Es capaz de interpretar la melodía del contexto y de entender las señales que trae. No todas las variaciones del entorno son negativas. Saber mirar y entender el contexto hace la diferencia. Esta capacidad no tiene un tinte predictivo. No hay predicción efectiva con alta volatilidad. Lo importante no es predecir lo que viene sino equiparnos para modularlo e integrarlo. La organización adaptativa, a diferencia de los sistemas vivos, desarrolla capacidad anticipatoria, que da cuenta de la proactividad en la creación de escenarios posibles en el futuro, mitigando los efectos sorpresa que muchos cambios llevan aparejados y entrenándonos para capturar oportunidades.

Agilidad. Asimismo, las organizaciones con capacidad adaptativa desarrollan agilidad como habilidad para reconocer cuándo los cambios en el sistema requieren una modificación en las acciones. Responder rápido para reubicarse en un nuevo nicho y desprenderse de aquellas cosas que se han de dejar ir, para poner en marcha una nueva carta de navegación. Menos es más. Una mochila ligera para asegurar la rapidez de la transformación.

Aprendizaje. La organización adaptativa es aquella que se transforma a través del aprendizaje, entendido como el proceso mediante el cual el conocimiento circula fluidamente y nutre las decisiones para crear nuevo valor e inteligencia colectiva. Entender lo que sabemos hacer, lo que no supimos hacer, lo que hicimos erróneamente y lo que no sabemos, es crucial para una organización adaptativa. Aprender es una dimensión crítica, pero tanto más importante es desaprender lo que ya no es significativo o cae en la obsolescencia.

Adecuación. Si el entorno tiene variaciones, la organización adaptativa es capaz de cambiar con él, reconfigurándose. Para ello necesita flexibilidad, aquella habilidad para reconocer y abordar eficientemente los nuevos desafíos, mudando la piel hacia nuevas formas de organizarse, de relacionarse con el entorno, de generar modos de trabajar para hacer cosas diferentes. No basta con cambiar de foco y de propuesta de valor, también hay que reconfigurar el equipamiento, roles y funciones.

Antifragilidad. Para muchos la organización adaptativa es esencialmente resiliente, capaz de resistir ante perturbaciones y recuperarse rápidamente de los shocks. Lo resiliente absorbe los daños para volver al estado inicial. Nassim Taleb va un paso más allá al acuñar el término ‘antifragilidad’. Este concepto define, no solo la resistencia a la incertidumbre y la volatilidad, sino la cualidad de beneficiarse de ellas. Una organización antifrágil no rechaza el caos, ni el desorden, ni la información incompleta (en dosis asumibles, claro está), sino que a partir de estos estresores construye su fortaleza.

La esencia de la acción adaptativa no es tener una respuesta predeterminada para cada nueva eventualidad, sino que reside en la capacidad de generar respuestas adecuadas al contexto de los nuevos desafíos que se van presentando. La adaptación es una conducta inteligente de las organizaciones ante la variabilidad del entorno.

Por Carmina Sánchez / Marcelo Lasagna

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